HISTORIA DEL GRUPO
El sol se desvanecía un día más tiñendo de melancolía aquel viejo parque. En él, una hoja de otoño caía suave hasta reposar tristemente en el arenoso suelo. Sin esperar que ese fuese su destino, se vio arrollada por una fuerza que la fue transportando alborotadamente por todo lugar que iban atravesando sus pequeños pies. La fuerza se llamaba María. Como venía haciendo todos los días de su corta pero intensa vida, María no paraba de jugar bajo la atenta mirada de sus padres. En una situación, en la que los niños se divertían en grupo, ella se contentaba sola dentro de un marco impregnado de un cierto aislamiento continuo.
Como desde una ventana que observaba constantemente ese marco de evasión, sus padres, visiblemente preocupados, no apartaban la vista de ella. No obstante, la gente que con sus voces llenaban de júbilo aquella nostálgica tarde, se fueron esfumando poco a poco como mariposas que se marchan y se pierden en el inmenso cielo. El entusiasmo en cada infantil rostro dio paso a la aflicción de los semblantes que todavía allí permanecían y lamentablemente veían como se iban sumergiendo en la oscuridad. Poco a poco, sus temores iban aumentando, la hora se acercaba y no sabían que podía suceder. De pronto, rompiendo con todo tipo de pensamientos que sus padres pudieran poseer, María los sorprendió y se sentó a su lado. Parecía inevitable que ocurriera.
-Papi, ¿por qué no nos vamos a casa?-preguntó María.
En principio, sólo existía el silencio, nadie sabía cómo responder a la inocente pregunta, pero, como un mecanismo de defensa impulsado por su mente, se proyectó en su cabeza una especie de flashback que detalle a detalle reproducía lo ocurrido días antes, cuando una carta de desahucio llegó a su poder y con ella lágrimas de dolor. A continuación, otro recuerdo, éste aún más intenso, desarrollado horas antes esa misma mañana. Mientras la dulce niña estaba en clase, varias personas que decían llamarse policías invadían la tranquilidad de su hogar. Luego gritos, ruidos espantosos que parecían no tener fin, y que sin embargo, fueron sucedidos por el llanto. De repente, la alegría se apagó, el buen humor se diluyó y aún siendo de día, su padre aseguró verse sumido en la más mísera negrura. Más allá de su casa, le estaban quitando recuerdos, imágenes inolvidables y sentimientos irrecuperables que como la lava sale de un volcán, éstos salían de su pecho.
Paralizado, miraba al frente en busca de algún consuelo. No había ninguno. Delante de él, varios policías echaban fuera de casa a su mujer. Insólito, su mirada entró en un estado que no sabía diferenciar la realidad de la ficción. Notaba que su mente se perdía entre la oscuridad de sus pensamientos y acto seguido, palpó con el alma la sensación de que nadie podría salvarlo, más tarde escalofríos, luego ganas impulsivas de llorar, y con ésto, deseos de morir. La imagen de su hija lo estremeció aún más y terminó por derrumbarlo completamente ante un abismo de soledad.
Cuando todo parecía perdido, la tierna voz de su hija se incrustó entre sus oídos y le provocó un efecto tal que lágrimas de desconsuelo se alejaron de sus tristes ojos y se desplomaron al instante en las botas de María, aquellas botas que hace apenas tiempo corrían ilusas por todos los recovecos de aquel parque.
-¿Por qué lloras papi?, ¿Vamos a volver a casa?
Hubo un momento de titubeo, una mirada a su esposa y después un intento de ánimo.
-Hija, no vamos a volver a casa…esta va a ser nuestra casa a partir de ahora.- Y señalando el banco en el que estaban sentados vivió la mayor oleada de terror de su vida.
Sin nadie en el que apoyarse, sin nada en lo que creer, el día acababa y con él su antigua vida. De lo que no hay ninguna sospecha es que el día volverá a relucir y esta vez estará acompañado un nuevo comienzo empapado por el anhelo de una segunda oportunidad.
Cada día en España, 180 familias se quedan en la calle a causa de los desahucios.
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